25: Bullet-time Redemption

Ya hacía media hora desde que esperaba en el café. No le inquietaba aguardar unos minutos más, pues la chica estaba en esa etapa donde el tiempo parecía no existir. Como de costumbre, vestía elegante, pero no costoso. Su blazer colgaba de su silla. Todo un conjunto en negro, incluyendo el chaleco y su camisa, corbata roja oscura. ¿El lugar? Un restaurant corriente de frituras.  Junto a él, bajo la mesa, un maletín cromado. Sencillo.

La campanilla de la puerta sonó y no tuvo necesidad de voltear hacia la entrada para saber que era ella. Ya conocía su caminar.

Una figura no muy alta y de tez blanca se sentó frente a él. No pasaba de los dieciséis años.  Falda y botas negras, llevaba un abrigo café. Pelirroja, cabello recogido. Era siglos más vieja que su cuerpo debido a sus vivencias.

“Disculpa la tardanza, Troy. Estaba…”

“No te preocupes. Sé perfectamente que no tienes vicios asquerosos ni juntas indeseables. Siempre podré esperar tranquilo. ¿Qué tal la escuela?”

“Bien. Ha sido difícil volver a adaptarme a ese mundo, pero va bien. Muchos chicos inocentes.” Dijo la adolescente con una risilla.

“Son mejores que los patanes con los que solías estar, Claire.”

“Lo sé, lo sé. ¿Me citaste aquí para discutir sobre el padrastro del que me rescataste y de lo mucho que te carcome la idea de estar malgastando tu dinero en mi?”

“Nada que ver. Sólo necesito alguien con quién hablar. ¿Cigarrillo?”

La chica asintió. El hombre de unos cuarenta y tantos sacó el empaque rojo de Marlboro de uno de los bolsillos de su blazer junto a su encendedor. Puso uno de los tabacos en los labios de la jovencita y lo encendió.

“El grandulón de Troy se abrirá. Esto vale un millón de dólares, amigo” soltó Claire con una sonrisa tras dar una calada a su cigarrillo.

Troy encendió otro para si mismo. Dio una calada, sopesó un poco lo que llevaba en mente, exhaló y justamente fue interrumpido por el mesonero del local cuando pensaba comenzar a hablar. Quería saber lo que ordenarían.

“¿Tienes hambre?”

“Una malteada estará bien”

“Lo mismo para mi, entonces”

El sujeto se retiró con el típico aire servicial de los establecimientos de comida, sin inmutarse por la adolescente que enviaba nicotina a su organismo. Aparentaba ser mayor. Mucho mayor.

“Lloverán perros y gatos hoy” dijo Claire con su mirada fija en la ventana que tenían a un lado. Fijándose en la calle más allá del cristal. Daba tiempo a que el sujeto se sintiera cómodo para hablar.

“Para algunos, si. Para otros será una lluvia más pesada.” Comenzó tras otra calada a su cigarrillo. Pausa. Exhaló al momento en que sus malteadas se encontraban sobre la mesa. “…de plomo” susurró.

La chica abrió aún más sus ojos, con aire de sorpresa fingida lo peor posible. Era el trabajo de su amigo. Asesino profesional. ¿Qué tenía de diferente esta vez que se lo contaba? Solía ser muy cerrado con ese tema, si, pero seguía sin sorprenderla.

“¿Alguien que conozco?” justo después de dar un trago a su malteada manchando la pajilla con su labial y otra calada más a su cigarrillo.

“No.”

“Sigo sin comprenderte. He limpiado tu apartamento un par de veces. He visto la cantidad de armas que te acompañan, tantas como para surtir a un ejército. Incluso las extrañas heridas con las que has llegado esas ocasiones y las manchas de sangre en tu baño.” Aplastaba el filtro del tabaco contra el cenicero, tomando inmediatamente otro del paquete que Mike había dejado sobre la mesa.

“Jamás has hablado de eso ni contestado mis preguntas. Te has encargado de mí y has sido lo más cercano a un padre. Bien. –Gracias. ¿Qué sucede esta vez?”

Troy fumaba más lento. Aún sostenía poco menos de la mitad de su primer cigarrillo entre sus dedos.

“Planeo dejar la ciudad.” Hizo una pausa. Probaba su malteada. “El trabajo también, si es posible.”

Silencio.

“Llevo tantos años guardando el dinero de los golpes que doy que ya ha llegado un punto en el que no se que hacer con él. Me he cansado, Claire.”

Una mueca lo más parecida a una sonrisa se asomaba sobre el rostro de la chica.

“Jamás te has preocupado por tu dinero. Sólo sabes que tienes mucho y nada más. Dime.”

“¿Qué?”

“¿Quién te hizo cambiar de opinión?”

“Es algo de lo que no pienso hablar. He venido a decirte que me seguiré ocupando de ti, sólo que desde lejos. Quiero que termines la escuela.”

“Una vez termine tocará costear una universidad. Acéptalo, no tienes tanto dinero como para hacer eso. Lo hemos hablado un millón de veces” la sonrisa en su rostro se hizo un tanto infantil, desbordando cierto aire de niña con sueños próximos a romperse.

“Tengo el suficiente como para pagarte toda una vida allá dentro. Es lo de menos. Haz tu trabajo y yo el mío.”

“A veces siento que somos Leon y Matilda.” Y luego rió.

Silencio, de nuevo.

“Entonces sólo has venido a despedirte” añadió.

El asesino bajó la mirada. Jugó unos segundos con su encendedor entre sus manos. “Algo por el estilo.”

“¿Te volveré a ver?”

“Eso espero.”

Troy no era precisamente un gran conversador, pero se hizo entender ante la joven. Minutos más tarde había pagado por las malteadas y había dejado algo de dinero para la cena que no podría compartir con ella. Tenía algo que hacer. Leyó las intenciones de la chica, era obvio que trataba de acercarse, hacer algo. Abrazarlo quizá. El orgullo fue más fuerte. Cada quién tomó su camino.

Condujo su auto hacia su destino.

Se acercó a la entrada del club de striptease que solía visitar. Los gorilas de la entrada lo requisaron, como de costumbre. No eran blandos ni siquiera con los clientes frecuentes. Le hicieron abrir su maletín para no encontrar más nada salvo documentos falsos del empleo ejecutivo fantasma con el que solía presentarse. Se veía más profundo desde afuera, pero si acaso podía llevar aquellos papeles.

Estaban acostumbrados a clientes como él. Hombres de negocios que buscaban diversión fuera de casa. Un vicio tan antiguo como el vino, que de igual forma se añejaba y mejoraba. Les había extrañado no ver aparcar su coche en la acera frente al local. Probablemente temiese a investigadores privados y a una esposa que le quitase la mitad de sus bienes con un divorcio.

Una vez dentro sacó un billete alto y lo introdujo en el bolsillo del blazer del sujeto adecuado y era, por arte de magia, el primero y único en la lista de los que verían el show privado de Porsche.

Vaya nombre “artístico”.

Una vez dentro del cubículo oscuro, se sentó frente al gran cristal ubicado frente al sillón. Se había asegurado de cerrar la puerta detrás de si. Tras el vidrio se encontraba una pestaña metálica que impedía ver al otro extremo, bajo este, una taquilla.

Era el primer día en que no sonreía ante la rutina.

La taquilla se abrió. Introdujo en ella otro billete de cien y junto a este el único naipe en el bolsillo interior de su traje. Un rey de diamantes. Cerró la taquilla y puso su maletín sobre su regazo. Lo más parecido a una risa le contestó desde el otro extremo y entonces volvió a abrirse la taquilla. Un trozo de papel con una Q y un corazón garabateado, firmado con un beso marcado en labial rojo.

Un detalle que no tenía con nadie más. Reina de corazones.

“No te esperaba, Troy. Tendré que esforzarme hoy y cubrir las expectativas como siempre. Me gusta aceptar el reto cuando se trata de ti.”

“He cuestionado tu empleo montones de veces, linda. Sigues aquí. Deberás dar lo mejor entonces.” Vaya hipócrita se sentía a veces. Mataba a desconocidos para cobrar cheques y cuestionaba el empleo de una chica que se mostraba desnuda tras un cristal luego de un baile que parecía eterno y desesperante. Capaz de hacer hervir la sangre de cualquier hombre y enviarla a una única zona.

“Pensé que no vendrías más. Tengo una semana sin saber de ti”

La pestaña metálica se deslizó hacia arriba. Tras el cristal algunas luces tenues se encendieron enfocadas en una tarima ubicada en un cuarto no más grande que ese donde el matón se encontraba. Había comenzado la función.

Rubia. De veinte a veinticinco años. No más. Llevaba un vestido vino tinto elegante. Sus funciones eran temáticas, y esta era una que Troy jamás había visto. El baile comenzó lento tras ciertos movimientos sensuales de la chica. El hombre la observaba apoyando su mentón en su mano y posando su índice sobre sus labios.

Lo que le encantaba de ella, como a todos los demás, era que jamás hacía movimientos vulgares y explícitos. Dejaba todo a la imaginación, provocaba.

“Te has vestido para la ocasión.”

“¿Para desnudarme?” tajó con cierta molestia disfrazando la duda.

“No hablo de eso, Sarah. He tenido… Llamémoslo una revelación”

La chica no podía verlo desde donde se encontraba. El cristal de su lado estaba polarizado como en todas las demás cabinas VIP cuidando de que las “empleadas” no reconocieran a las figuras que frecuentaban el lugar.

“¿Por qué no me asusta que seas un asesino? Me extraña aún más que no me asuste lo que acabas de decir”

“Tal vez porque eres lo más cercano que tengo a un confesionario”

“Últimamente has sido una caja llena de sorpresas. ¿Cómo está Claire?” el baile aceleró un poco más.

“Bien. Ya va a la escuela.”

“Me alegra saber eso.”

“¿No piensas cansarte de la explotación de Jizzy?”

“No mientras todo mi universo dependa de él, como te he dicho en un millón de ocasiones. Por favor, no arruines el momento.”

“Mi intención es mejorarlo.”

“¿Sabes a cuántos charlatanes he escuchado diciendo que me sacarán de aquí bravuconeando y ocultando el miedo que tienen de que Jizzy se desayune sus testículos? No tienes ni la menor idea. Me agradas, puedo jurarlo, y precisamente por eso no quiero ponerte la misma etiqueta.”

Sorprendentemente hablaba mientras cumplía con su trabajo.

“Ese es el punto.  Sabes que no soy un charlatán.”

Sarah no contestó, se mantuvo apegada a su rutina intentando no contribuir a una conversación que amargaría su noche.

“Lo sabes. Sabes a que he venido.” Su maletín se encontraba abierto, los documentos en el suelo con nombres falsos. Identificación que jamás dejaría  rastro. No había tocado nada dentro del local. Incluso le habían abierto y cerrado la puerta –intentando ser serviciales a su dinero- por él. Ahora sus manos se encontraban cubiertas por guantes de cuero.

“¿Estás hablando en serio?”

“¿Y cuándo no?” Había removido la trampilla del portafolio, que era más profundo y albergaba una pistola con silenciador y dos cartuchos de munición adicional.

“No puedo creer esto.” Porsche se había desconcentrado. Su baile ahora era un tanto torpe, intentando divisar al sujeto tras el cristal.

“Quiero que me hagas algo por mi.”

“D… ¿De qué se trata?”

“Cierra la puerta que permita el acceso a donde estás. No le abras a nadie hasta que te lo diga. ¿Entendido?”

Sarah lo hizo de inmediato. Se acercó al cristal a toda velocidad, esperando una respuesta que llegaría minutos después. El micrófono de aquel sujeto de rostro desconocido no se activó más.

La iluminación del local le compró el tiempo suficiente para quitar del camino a unos cuantos sujetos de seguridad. Una bala para cada cráneo. Al cabo de dos minutos los gritos opacaron la música y las bailarinas de menor categoría descendían de las tarimas en busca de refugio. Gánsteres y guardaespaldas de figuras políticas se alzaron con armas en mano.

Troy derribó a un par de sujetos desde las sombras. El daño colateral crearía la distracción que requería. No se demoró el fuego cruzado y ruidoso mientras se abrió paso hacia la oficina de Jizzy. Casi comenzaba a creer en Dios y agradecerle por el hecho de que era un local de una sola planta.

Dos sujetos salían de la cortina que servía como puerta al corredor donde se llevaban a cabo las actividades administrativas del sitio. El primero recibió un disparo en el muslo que lo desestabilizó. El segundo cegó su vida. Su compañero escudriñó en la oscuridad en busca de apoyo antes de regresar al pasillo, encontrándose con una bala en el rostro.

Tercer cargador vacío fuera. El siguiente y último entró en su arma en segundos.

Unos cinco o seis sujetos salieron de la nada disparando sus sub ametralladoras hacia la cortina, impactando las paredes y demás. Cesó el fuego al instante, pues no había señal del hijo de perra que habían visto por las cámaras. Troy se abalanzó desde su escondite impulsado por la adrenalina con la sensación de que todo se hacía más lento. Podía jurar que vio la trayectoria en el aire de un par de sus disparos.

Tiros certeros. Arterias, coyunturas, zonas vitales comprometidas que les privaban de movimiento y les permitían unos pocos minutos de vida. La música dejó de sonar para dar paso al ruido lejano de sirenas policiales. No tenía mucho tiempo.

Pateó la puerta de la oficina y se hizo a un lado. Vio como los proyectiles impactaron en la pared justo delante de él. Después de varios disparos se habían dado cuenta de que no habían tocado nada. Entró y por instinto, accionó su gatillo. Un afroamericano con vestimenta y apariencia de chulo intentó escapar hacia la ventana pero sus piernas dejaron de responder al instante. Su Desert Eagle tocó el suelo lejos de él.

Le quedaba un par de balas. Suficiente.

“Jizzy”

“¿Quién coño eres?” gritó el ‘encargado’ del lugar mientras hacía presión sobre sus heridas.

“Juez, jurado y en tu caso particular, verdugo.”

“¿Quién te ha enviado? ¡P-Puedo duplicar la suma!”

“Lo siento. Me temo que no puedes igualar la oferta de quién me ha contratado. –Además, es mi último trabajo.”

“…por favor… ¡c-coño! Sólo dilo. Todos tienen un p-precio!”

“Te mueres por saber, ¿no es así?” Se aproximó hacia el pobre diablo de baja estatura que intentaba arrastrarse hacia su pistola, apuntando con el cañón de su arma a una distancia en la que su víctima no pudiese intentar nada estúpido.

“El millón de sueños rotos y juventudes arrebatadas de chicas que porquerías como tú suelen tomar. Incluso para un matón como yo, es demasiado.”

El supresor de su pistola omitió el ruido del disparo, siendo tan solo un silbido seguido de un sonido viscoso mientras los sesos de Jizzy salpicaban la alfombra. Troy estaba al tanto de que una ‘buena obra’ como aquella no lavaría su vida de pecados, pero hacía más llevadera la carga. Aún más cuando era personal.

Tomó el arma del cadáver junto a los cargadores en el escritorio abarrotado de cocaína y billetes. Tomó el camino de vuelta por el corredor hasta llegar a una puerta que ya había identificado –como el resto del lugar- en sus visitas previas. El local estaba vacío salvo por los cadáveres y se encontraría abarrotado de policías en un abrir y cerrar de ojos.

Golpeó un par de veces.

“Se acabó”

La puerta se abrió. Sarah se sentó en el piso abrazando sus rodillas desconcertada, asustada por los ruidos que escuchó fuera.

Hubo un silencio que pareció eterno.

“Tengo el dinero y la determinación para comprar un millón de vidas, todas mejores que esta y deseo compartirlos contigo.” Extendió su mano hacia la chica.

“…ni siquiera me conoces lo suficiente.” Sarah, rompiendo el cascarón que la identidad de Porsche le había brindado, alzó la mirada. “¿Cómo sabes que valdrá la pena?”

“Desde hoy me sobrará el tiempo para descubrirlo.”

No se dijo más. La reina de corazones tomó su mano y se puso de pie. Troy no pudo resistirse a besarla, pero fue corto. Debían ponerse en marcha.

FIN.

El tema para cerrar esta historia viene por cortesía de  Digital Sea, el cual escucharán clickeando aquí.

Comments
5 Responses to “25: Bullet-time Redemption”
  1. Carla dice:

    “Juez, jurado y en tu caso particular, verdugo.”

    Siempre hay unas frases que me parecen simplemente explosivas jaja, como que “FIN”? No hay segunda parte? esto no me parece justo. La cuestion es que me gusto muchisimo, lleno de accion :)

    Te has ganado 5 chocolates :B

  2. Tash dice:

    Cuando el don es natural… sobran las palabras!.

  3. Joe dice:

    Bien!, me gusta! la practica hace al maestro…

  4. Mau dice:

    “Juez, jurado y en tu caso particular, verdugo.” na webonada! AWESOME como siempre!!!
    Btw, ando brindandoles apoyo moral y publicidad no paga en mi blog! ;) pa que no digan que uno no apoya a los panas! ;D

  5. Miguel dice:

    “El millón de sueños rotos y juventudes arrebatadas de chicas que porquerías como tú suelen tomar. Incluso para un matón como yo, es demasiado.” Esa esta del carajo!!! BRAVO!!! eso esta genial compadre!

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